Ivermectina contra covid; la FDA retrocede

SALUD

Experiencia en Mexico: ¿Debemos aceptar el monopolio científico de las farmacéuticas occidentales?

Jorge Faljo

La Ivermectina para tratar el Covid19 generó una de las más importantes controversias a lo largo de la pandemia. Su uso se extendió exponencialmente ante ello se desató una gran campaña de desprestigio que calificó a quienes la promovían como rebeldes sanitarios, marginales, desorientados, desinformados, al grado de ser un peligro social.

No hay espacio suficiente para reseñar las múltiples experiencias de distribución de Ivermectina por gobiernos nacionales o subnacionales, con el respaldo de numerosos médicos y asociaciones. Los resultados, en general muy exitosos, en Bolivia, Brasil, India (Uttar Pradesh), Japón, Perú y Sudáfrica, entre otros, están documentados en estudios observacionales. Varios de ellos, incluyendo un par de metaanálisis de un centenar de experiencias se pueden localizar en el portal del Instituto Nacional de Salud (NIH) Norteamericano. Dado el espacio en esta columna me limito a la experiencia norteamericana.

En Estados Unidos las recetas médicas formales de Ivermectina se multiplicaron de un promedio de 3 mil 600 a la semana antes de la pandemia a 88 mil a la semana para agosto de 2021. En ese año las aseguradoras médicas norteamericanas gastaron algo más de 129 millones de dólares en surtir recetas de Ivermectina contra el Covid19. A lo largo de la pandemia millones de recetas de este tipo fueron emitidas por médicos norteamericanos.

Pero no era fácil; la campaña mediática contra la Ivermectina fue muy fuerte y muchos de los doctores fueron acosados y llegaron a perder sus empleos institucionales, puestos honoríficos y prestigio.

En un contexto de escasez inducida, de doctores temerosos y farmacias que se negaban a surtir las recetas, algunas personas recurrieron a comprar Ivermectina veterinaria, en composiciones y dosis para vacas y caballos. Hubo casos de intoxicación que sustentaron la campaña contra el uso de la substancia.

En junio de 2022 un grupo de doctores norteamericanos y una asociación médica demandó a la Administración Federal de Alimentos y Medicamentos norteamericana (Food and Drug Administration, FDA) por su campaña contra la Ivermectina.  Y ganaron. El 8 de agosto de 2023 el Quinto Circuito de la Corte de Apelaciones norteamericana determinó que la FDA se había sobrepasado en sus funciones al entrometerse en la relación doctor paciente. La FDA se vio obligada a reconocer el derecho de los doctores para recetar Ivermectina en el tratamiento de sus pacientes. Pero no eliminó la campaña.

La demanda prosiguió hasta que hace un par de días, el viernes 22 de marzo de 2024, la FDA acordó borrar y nunca volver a publicar sus avisos sugiriendo que la Ivermectina es para animales y no para humanos. La abogada de la FDA tuvo que decir que los mensajes “»Usted no es un caballo; usted no es una vaca. Deténgase” y “Detengan sus caballos. La Ivermectina está de moda, pero no está autorizada para tratar el Covid19” eran una broma. Estos mensajes y similares eran, según la abogada, una sugerencia y no una instrucción.

¿Por qué tanto alboroto? Veamos el contexto. La gran estrategia de combate a la pandemia fue la donación de miles de millones de dólares, públicos y privados, a los grandes corporativos farmacéuticos para producir, en particular vacunas mRNA, de incidencia genética, por vez primera en la historia. Fueron muy efectivas pero su distribución, guiada por la lógica de la ganancia dio pie a que el director general de la Organización Mundial de la Salud, Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, señalara la estrategia como un fracaso moral catastrófico debido a su distribución inequitativa.

El flujo de miles de millones de dólares para los grandes corporativos se vio en riesgo por la existencia de un medicamento que había probado su inocuidad en más de 3 mil 700 millones de recetas para seres humanos, que es genérico, muy barato y posiblemente eficaz contra el Covid19. Aceptar que pudiera ser efectiva y estudiarla en serio podría haber llevado a la pérdida de uno de los más formidables negocios de la historia.

Hoy en día la Ivermectina se encuentra en un limbo muy particular. La FDA norteamericana y la Organización Mundial de la Salud sostienen que no se ha demostrado “científicamente” que la Ivermectina sea efectiva contra el Covid19. Olvidan mencionar que tampoco se ha demostrado que no sirva.

Los estudios observacionales de su aplicación en millones de personas y los testimonios de miles de doctores norteamericanos y de otros países no constituyen prueba científica. No cumplen el paradigma de los estudios doble ciego con miles de participantes que reciben el medicamento y otros miles que constituyen el grupo de control.

La Ivermectina está condenada a que no se demuestre “científicamente” su eficacia. Hacerlo en grande como exigen las farmacéuticas costaría decenas de millones de dólares y ellas, que dominan el campo de la investigación universitaria e institucional, se oponen.

Hay algo más profundo en juego. ¿Debemos aceptar el monopolio científico de las farmacéuticas occidentales? Recordemos que la vacuna rusa Sputnik, aceptada como una de las mejores por la más prestigiada revista científica del mundo, la británica Lancet, no fue aprobada por la OMS. Tampoco otras vacunas de países periféricos. 

Por mi parte celebro que México haya desafiado el poderío de las grandes farmacéuticas empleando vacunas como Sputnik, Abdala e intentando crear su propia vacuna. En el mismo sentido, basada en bien sustentadas experiencias exitosas internacionales se recetó Ivermectina a pacientes de Covid19 en la Ciudad de México.

Aunque a destiempo, ahora que la FDA se vio obligada a aceptar que los doctores norteamericanos están en pleno derecho de recetar Ivermectina, no se puede menos que aceptar que es también derecho de países como el nuestro tomar decisiones soberanas en materia de salud.

Hace décadas México destacó en la producción de vacunas. Es necesario renovar las capacidades nacionales de investigación médica empezando por reafirmar nuestra soberanía y capacidad de decisión sobre lo que consideramos científico.