Globalización y Desglobalización: ¿Donde se ubica el Paraguay?

Gustavo Rojas

Según el Fondo Monetario Internacional (FMI), el 80% del crecimiento mundial registrado desde el inicio de la crisis internacional desatada en 2008 fue aportado por los países en desarrollo. Desde entonces, la región más dinámica de la economía mundial ha sido Asia, con China e India a la cabeza. El FMI prevé que las economías emergentes del Asia representarán el 38% de la economía mundial en 2021, participación similar a la de las economías desarrolladas en el presente.

En todas las dinámicas economías emergentes asiáticas, el comercio ha sido un motor extremamente importante para impulsar el crecimiento económico, apoyado en la liberalización multilateral en el marco de la Organización Mundial del Comercio (OMC). No obstante, el dinamismo del comercio mundial se viene reduciendo significativamente desde 2012. En 2015 el valor del comercio mundial de bienes se redujo un 14%, mientras su volumen creció apenas 2,7%. En 2016 el volumen del comercio mundial de bienes creció apenas 1,7%, que no solamente fue su menor incremento desde la crisis económica mundial sino también inferior a la tasa de expansión de la economía mundial por quinto año consecutivo. En la historia reciente, la actual etapa de bajo dinamismo del comercio mundial no tiene precedentes desde los años ochenta.

La globalización de la economía mundial no se retrae aún, pero ya no mantiene su dinamismo anterior. Por un lado, el aumento del proteccionismo, la baja demanda mundial y la caída de las inversiones explican, en mayor parte, el pobre desempeño del comercio mundial. Por otro lado, el incesante y acelerado crecimiento de los flujos de transacciones digitales transfronterizas, desde hace una década, ha reducido la necesidad de comercialización de una parte de los bienes.

El gobierno de Barack Obama en Estados Unidos (EE. UU.) había promocionado la Asociación Transpacífica (TPP por las siglas de Trans-Pacific Partnership), un mega acuerdo regional que involucra a ambas riberas del Pacífico[1] y busca deliberadamente la exclusión de China. El acuerdo implicaba ajustes normativos controversiales para la mayor parte de los países integrantes, pero menores para los EE. UU. Con él se buscaba promover una nueva frontera normativa para los acuerdos comerciales en el siglo XXI.

Sin embargo, la victoria de Trump y su discurso proteccionista resultaron en la retirada de Estados Unidos, su principal promotor, de la TPP. En su lugar, Trump propone sustituir el multilateralismo por el bilateralismo (con comercio balanceado), el liberalismo por el proteccionismo y la previsibilidad por la imprevisibilidad. Además de la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA)[2], Trump impulsa una profunda reforma impositiva que buscará rediseñar los impuestos a la renta, dominantes en el sistema impositivo estadounidense, para transformarlos, en términos prácticos, en un IVA. Así, se pretende elevar la competitividad internacional de los productos estadounidenses mediante deducciones impositivas a las exportaciones, a pesar de que las reglas de la OMC prohíben expresamente ese tipo de rediseño. Eso elevará el riesgo de una guerra fiscal global e impactará negativamente en las perspectivas de atracción de inversiones directas estadounidenses en el mundo y en la región. En el caso de inversión norteamericana hacia el Paraguay el stock  de la misma acumula una caída de 39% entre 2013 y 2015 según el BCP).

La retirada de los Estados Unidos de la TPP abrió una ventana de oportunidad para una mayor proyección de China en el Pacífico, centro de la economía mundial en el siglo XXI. Mediante la promoción de la Asociación Económica Integral Regional (RCEP), China busca la exclusión de los EE. UU. y el fortalecimiento de los lazos comerciales con su entorno[3]. Además de incluir a las dos naciones más pobladas del mundo (China e India), los países de la RCEP responden por 31% de las exportaciones mundiales, participación superior al 25% de la TPP.

Aunque su nivel de profundidad sea inferior al propuesto por la TPP, la RCEP busca convertirse en la base de una futura área de libre comercio en Asia y que también abarque a la ribera americana del Pacífico, pero con China en su centro, no Estados Unidos. El reciente interés de Chile y Perú es una prueba de ello. Ambos países tienen tratados de libre comercio (TLC) con EE. UU. y se han plegado a la estrategia estadounidense. Sin embargo, esto no les ha impedido firmar sus propios TLC con Pekín y, después de la retirada de EE. UU. de la TPP, coquetear con la posibilidad de unirse a la RCEP.

Gran parte del éxito de la iniciativa de China dependerá de su capacidad de ampliar el acceso de los demás países a su mercado. Por un lado, el rebalanceo de la economía china desde un modelo de crecimiento fundado en las exportaciones y la inversión hacia un modelo más sustentable, basado en el consumo privado y los servicios, cambia radicalmente el escenario que los países de América Latina deberán enfrentar. El fuerte incremento de los salarios registrados en China desde el inicio de la crisis internacional los ha llevado a niveles superiores a los que se pagan en los principales países de nuestra región. La emergencia de una nueva clase media con fuerte poder adquisitivo en un mercado de enormes dimensiones proporciona grandes oportunidades para los productores de América Latina, no apenas de commodities sino también de bienes manufacturados, particularmente de baja y mediana tecnología.

Por otro lado, la iniciativa china “Un cinturón, una ruta” busca emplear el superávit en cuenta corriente chino (la contracara del creciente déficit estadounidense) y las capacidades ociosas de su sector de construcción e industrias interrelacionadas (acero, bienes de capital, entre otros) en la construcción de la infraestructura y rediseño de las principales rutas comerciales de Eurasia, fomentando la apertura de nuevas oportunidades de negocios para sus empresas, aprovechando los menores costos de mano de obra de la vecindad y promoviendo un comercio más equilibrado con su entorno. Esto aceleraría la integración económica, tanto por tierra como por mar, entre países que representan el 65% de la población y cerca de un tercio de la economía mundial dentro de un sistema económico centrado en China.

La constitución de nuevos organismos multilaterales es uno de los ejes de la estrategia china. Instituciones emergentes como el banco de los BRICS y el Banco Asiático de Inversiones en Infraestructura buscan dar concreción a este nuevo orden, compartiendo espacios y compitiendo con otras que aún reflejan el antiguo sistema de Bretton Woods, como el Banco Mundial y el FMI. Pese a su aún limitada capacidad financiera, estas nuevas instituciones poseen potenciales de expansión muy significativos y, seguramente, terminarán por rediseñar la forma como los inversionistas evalúan los riesgos en los países en desarrollo, particularmente de las inversiones en infraestructura, una de las principales fuentes de la recuperación de la economía mundial en el futuro.

Pese a sus limitadas capacidades de incidencia en el curso de estas transformaciones del orden mundial, el Paraguay debe buscar la forma de aprovechar las oportunidades emergentes y de minimizar sus potenciales riesgos. Una opción podría ser la adhesión al banco de los BRICS, que deberá realizar su primera expansión de miembros próximamente, incorporando probablemente a Argentina, Perú, Chile y Colombia. Ello permitiría fortalecer sus lazos con la región, diversificando sus fuentes de financiamiento y ampliando la capacidad de fondeo de la integración de la infraestructura regional entre el Atlántico y el Pacífico, acercándose pragmáticamente, en paralelo, a la República Popular de China.

Entender y aproximarse pragmáticamente a China será también de creciente importancia para el futuro de las hidroeléctricas binacionales. Mientras en Argentina las constructoras chinas están dominando el financiamiento y ejecución de los nuevos emprendimientos hidroeléctricos (¿quién financiará las obras complementarias de Yacyretá y la construcción de Corpus?), en Brasil las distribuidoras de capital chino ya dominan cerca de un cuarto del mercado eléctrico (¿negociaremos con los chinos el precio en el mercado abierto brasileño a partir de 2023?).

Otros países de la región, como Chile y Bolivia, han dado otros pasos hacia este nuevo orden, invirtiendo una reducida parte de sus reservas internacionales en renmimbi, la moneda china. Ello busca profundizar el conocimiento de sus bancos centrales sobre las particularidades de operación en el mercado financiero chino, que está llamado a tener creciente importancia en el futuro sistema monetario internacional multipolar. De hecho, en Chile se ha constituido el primer banco de liquidación en renmimbi de América del Sur.

En términos comerciales, las acciones deben ser mejor coordinadas. Entre 2015 y 2025 América Latina registrará la segunda mayor tasa de expansión de la población en edad laboral en el mundo, apenas por detrás de África. Ello será particularmente significativo en México y Perú, países de la cuenca del Pacífico. Ese potencial de crecimiento endógeno regional debe ser mejor aprovechado por el Paraguay en un momento en el que México busca fortalecer sus lazos con la región ante los riesgos presentados por Trump. Un estrechamiento de las vinculaciones con México, mediante un acuerdo en bloque con el Mercosur, garantizarían al Paraguay un mejor trato de sus marcadas asimetrías con el país azteca, que no está contemplado en las negociaciones de un TLC bilateral. Esto también afianzaría una mayor coordinación entre el Mercosur y la Alianza del Pacífico en su proyección hacia Asia.

Al mismo tiempo, apoyar la ampliación de las preferencias comerciales de los acuerdos parciales del Mercosur con África del Sur e India, en los cuales se reconoce el trato especial y diferenciado al Paraguay, podría ser una forma de construir un nuevo camino hacia China con un pie en África. Esa sería una acción estratégica considerando que, según Naciones Unidas, la población mundial aumentaría en dos mil millones de personas de aquí a 2050, la mitad de las cuales se encontraría en ese continente. La ratificación del TLC alcanzado con Egipto sería otro paso en esa misma dirección.

Aunque sea un tema delicado para el Mercosur, en especial para el Paraguay, no se debería descartar la invitación china para la realización de un estudio de factibilidad de un TLC entre el bloque sudamericano y China. De ningún modo esto debería estar condicionado a la apertura de negociaciones, pero podría constituirse en un interesante instrumento para fomentar una visión más clara y coordinada entre los países del Mercosur hacia las oportunidades y amenazas representadas por China, incluyendo las limitaciones de apoyarse en las maquilas como motor del proceso de industrialización.

El mundo se encuentra en un acelerado proceso de profundas transformaciones, transitando entre la globalización y la desglobalización, el liderazgo estadounidense y un emergente mundo post occidental. En la creciente descoordinación entre un orden que no termina de morir y un nuevo orden en plena gestación liderado por China conviven las oportunidades y riesgos del futuro. Identificarlos y actuar sobre ellos es hoy fundamental para la construcción de las posibilidades de desarrollo del Paraguay del mañana.

[1] Integrado por Estados Unidos, Canadá, México, Chile, Perú, Australia, Nueva Zelanda, Vietnam, Brunei, Singapur, Malasia y Japón.

[2] Estados Unidos, Canadá y México.

[3] Además de China, incluye a India, Corea del Sur, Indonesia, Camboya, Laos, Myanmar, Filipinas y Tailandia.

Fuente: CADEP para Campo 9 Noticias