Las “listas sábana” son las responsables de la podredumbre que impregna el país

abc-logoLo que se viene publicando sobre el sector público ha dejado estupefacta a la opinión pública. Se sospechaba de la existencia de una abundante clientela de los políticos y autoridades como empleados públicos, pero nadie imaginó la magnitud de tanto abuso en la repartija del dinero del pueblo. Es decir, la malicia quedó corta, pues la realidad superó en mucho a la imaginación. La basura moral que está saliendo a luz –gracias al trabajo de los periodistas y no de los auditores, vigilantes y fiscales que deberían ser quienes destaparan estas ollas podridas– constituye otra desilusión más para una ciudadanía que está llegando al límite de su paciencia. Todo lo que se está conociendo es el resultado de lo que los partidos políticos hicieron con el pretexto de la democracia, el resultado de aquello en lo que los dirigentes partidarios convirtieron el régimen electoral. Dígase en una sola expresión: la repudiable horda de políticos en función de gobierno que como aves de rapiña se lanzan sobre el Presupuesto nacional hoy es el efecto directo de las “listas sábana”.

Lo que demuestran las últimas informaciones provenientes del sector público ha dejado estupefacta a la opinión pública. Se sospechaba de la existencia de una abundante clientela de los políticos y autoridades como empleados públicos, pero nadie imaginó la magnitud de tanto abuso en la repartija del dinero del pueblo. Es decir, la malicia quedó corta, pues la realidad superó en mucho a la imaginación.

Siempre se sospechó que los senadores y diputados rifaban el dinero que se asignaban a sí mismos en el Presupuesto General del país; a nadie le era extraña la idea de que gran parte de los miles de millones de guaraníes adjudicados a cada Poder del Estado y a cada oficina pública se dilapidaba en prebendas de funcionarios adeptos, correligionarios recomendados, empleados particulares, familiares y parientes, cónyuges y amantes, operadores electorales, socios comerciales y un larguísimo y vergonzoso etcétera.

De modo que toda la basura moral que en este momento está saliendo a la luz pública –gracias al trabajo de los periodistas y no de los auditores, vigilantes y fiscales que deberían ser quienes destaparan estas ollas podridas– constituye otra desilusión más cargada sobre las espaldas de una ciudadanía que está llegando al límite de su paciencia.

Despilfarro frenético e insolente de los escasos recursos económicos del país; viciosa conducta moral (pública y privada) de senadores y diputados, de altos funcionarios, de concejales, intendentes y gobernadores, de diplomáticos y gente de uniforme; ineptitud manifiesta o cobardía moral de magistrados, jueces, fiscales, auditores y contralores; indigno servilismo de parte de funcionarios del Estado, varones y mujeres, hacia políticos influyentes; estos son, resumidamente enumerados, los elementos necesarios para la destrucción del régimen político democrático. Así se demuele una democracia.

Cuando un pueblo se hastía de la corrupción y la politiquería, cuando su paciencia queda agotada por los desmadres y abusos de sus “representantes” políticos, que después de décadas de exprimir las reservas materiales y espirituales de sus electores todavía tienen el tupé de pretender reelecciones y eternizaciones con sus grandiosas remuneraciones y privilegios, adictos a las delicias de medrar como ciudadanos de primera, muy por encima de los demás, entonces lo que suele acontecer es la explosión de las pasiones colectivas.

Y, producida esta conflagración, la consecuencia más común es la pérdida completa del control social, el temible despertar de la violencia generalizada y de las iniquidades producidas por acciones y reacciones de personas que están fuera de sí, exasperadas, irritadas, ya descomedidas y desprovistas por la ira de la capacidad de prever o de impedir las nefastas consecuencias de la situación tal como se va precipitando.

Así se llega al momento histórico propicio para la explosión del sistema democrático y de sus instituciones, tan paciente y esforzadamente construidas. En medio del arrebato y del descontrol de esa ciudadanía, harta de tanto vicio, abuso, cinismo y descrédito de sus políticos, es cuando surge de improviso el “mesías”, el “líder providencial” salvador, el portador de las “soluciones definitivas”, el enviado de la Providencia, que llega de cualquier parte para traer las “buenas nuevas” de la redención. Nace el futuro dictador y encuentra el camino liso y libre para avanzar por encima de la bosta producida y acumulada por los políticos de esa prostituida democracia. Y para desmontar esta, aparece con el aplauso general el iluminado de verba fecunda, para erigir sobre sus escombros el nuevo régimen “popular”, “patriótico”, el de la nueva “moral”.

¿Y los partidos políticos democráticos? Pues estos son los primeros en caer bajo la avalancha, destrozados por la avasallante fuerza de la reacción social, convertidos en organizaciones envilecidas, con directivos que no pocas veces acaban postrándose a los pies del nuevo líder providencial, para intentar salvar algo de las olas que inevitablemente los mandan a pique. No es necesario citar ejemplos históricos, pues los hay a montones y son bien conocidos, aquí mismo, en Latinoamérica, y en la época contemporánea.

Los senadores con una vida privada licenciosa, los diputados que mienten descaradamente para ausentarse de sus funciones o para cobrar viáticos indebidos, los que hacen pagar al Estado los salarios de sus empleados particulares, o los costos de sus lujos y hasta de sus placeres y vicios ocultos, los altos funcionarios que se prodigan a sí mismos remuneraciones desproporcionadas y desconsideradas para un país lleno de necesidades, son el resultado de lo que los partidos políticos hicieron con el pretexto de la democracia, el resultado de aquello en lo que los dirigentes partidarios convirtieron el régimen electoral. Dígase en una sola expresión: la repudiable horda de políticos en función de gobierno que como aves de rapiña se lanzan sobre el Presupuesto nacional hoy es el efecto directo de las “listas sábana”.

La principal objeción que muchos de ellos oponen a la eliminación de este sistema electoral es que, si la ciudadanía tuviera el poder de configurar por sí misma las listas de candidatos electorales, las organizaciones partidarias perderían su razón de existir y el orden político sufriría una anarquía de consecuencias impredecibles. Como hipótesis, podría ser considerada, pero solamente después de responderse a esta pregunta: ¿Y qué tenemos ahora, con la actuación de los partidos políticos y sus “listas sábana”? ¿Es acaso lo que queremos para nuestro país, para nuestro futuro? ¿Con este tipo de legisladores, gobernantes, jueces, funcionarios, dirigentes partidarios, etc., productos del actual régimen electoral, vamos a construir el país que anhelamos?

Desde hace tiempo la ciudadanía tiene muy claras las respuestas a estas preguntas. Lo que hasta ahora no puede es lograr que su criterio, ampliamente mayoritario en esta materia, prevalezca por sobre la conveniencia particular y mezquina de los políticos que nos gobiernan merced al régimen de “listas sábana”.

Ya está demostrado que el mejor antídoto contra los abusos de la clase política es la movilización ciudadana, con efectivas demostraciones de rechazo a quienes, ocupando un cargo para servir a la ciudadanía o para representarla, abusan de los recursos del pueblo en su propio beneficio o de su grupo. Si las mujeres y los hombres que conforman esta sociedad observan sumisamente cómo las bandas de políticos agavillados continúan succionando las arcas del Estado, no deberían quejarse después de que les sigan pisando la cabeza. Deben hacerse sentir y decirles a quienes se creen dueños de este país: no más “listas sábana”.