WTC y la crisis

Por Edwin Brítez

A veces la prensa no recoge eficientemente los hechos relevantes en sus páginas, como por ejemplo ocurrió con la entrega de certificados a los obreros que trabajan en el World Trade Center (WTC), un emprendimiento de prestigio internacional instalado en Paraguay gracias al arrojo de profesionales y empresarios nacionales.

Como se sabe, el WTC será el mayor y principal complejo empresarial de la ciudad y se encuentra ubicado en la nueva zona de desarrollo inmobiliario motivado precisamente por este emprendimiento. En ese complejo de cuatro torres de veinte pisos cada una, trabajarán 3.000 ejecutivos con todo lo que ello implica en materia de logística.

Los impulsores de esta obra pudieron haber realizado obsequios a los trabajadores, tal vez inclusive fomentado la formación de sindicatos, pero acordaron acertadamente contratar técnicos para capacitar a todos los obreros contratados de manera que al llegar ellos a la meta de los veinte pisos –inclusive antes de eso–, los obreros puedan retirarse de la obra con un certificado de especialización en la mano.

¿Qué tiene de particular, en este caso, recibir un certificado en el trabajo que uno ha realizado? Después de todo es derecho del trabajador que el empleador certifique su pasantía de modo que pueda seguir buscando empleo o trabajo.

Tiene mucho que ver por las siguientes razones:

En primer lugar no es lo mismo recibir un certificado de trabajo, previa capacitación por técnicos del exterior, por haber trabajado en la construcción de lo que será el icono de Asunción en materia de desarrollo inmobiliario y complejo empresarial, que retirarse de una obra sin otra cosa en la mano que el último pago.

Lo común es que el trabajador paraguayo de la construcción sea contratado de palabra, sin registro, tal vez sin seguro social y se presente a la siguiente obra sin mayores referencias que la expresión oral y la referencia voluntarista de un amigo o conocido. Un certificado de operador de torre de grúa, por ejemplo, es un pase y una garantía de buen ingreso para el futuro de la persona y su familia. Y tal vez, aunque lo busque, no encuentre dónde estudiar en todo el país.

En segundo lugar, en momentos en que el país divide sus sentimientos entre ayudar a los damnificados por la creciente y ayudar a quienes optan por sacar definitivamente a la población vulnerable de las zonas inundables, esta iniciativa del WTC es ejemplar: es lo que se debe hacer. Estoy seguro de que ninguno de estos 360 trabajadores certificados tendrá la intención de afincarse en una zona ribereña.

La Municipalidad dice que creará un barrio modelo en Sajonia para los damnificados, Yacyretá dice que destinará 30 millones de dólares para construir viviendas, hasta Conatel dice que destinará fondos para viviendas de damnificados. Y luego llegamos a la triste conclusión de la lista de buenas intenciones de que el Gobierno tiene en sus manos 71 millones de dólares donados por Taiwán, cuyo embajador tuvo que pedirle a la Cámara de Diputados para que apure a la Senavitat a usarlos.

Teniendo a la vista experiencias como la de WTC, el Gobierno, con todos los recursos en la mano, se enfrenta al dilema de fomentar la dependencia de la pobreza del Estado-clientelismo con la construcción de viviendas (“no lejos de su lugar de trabajo”) o aprovechar la crisis para zonificar y limpiar las áreas de riesgo además de capacitar y adiestrar a miles de incapacitados para lanzarlos al mercado laboral que claman por idóneos en construcción, comestibles, ventas y otros rubros que no requieren vivir cerca de la basura o de los estacionamientos urbanos. Etantea katu Cartes, ikatúko hina.