Fútbol, moda y nuevas masculinidades

Antes del séptimo día

Por Alfredo Boccia

Confieso que soy anticuado. Mi visión del fútbol sigue siendo la de un espacio en el que esencialmente se representaba una masculinidad violenta. Y que, como todo ritual viril, adoptaba imágenes, códigos y expresiones particulares. Había sentimientos —en la cancha y en las gradas—, pero ellos no desbordaban los austeros diques de la hombría. Y no me refiero aquí al crecimiento del fútbol femenino, que es fantástico, pero no tiene nada que ver con este análisis.

El fútbol tenía una sobriedad varonil que se traducía en formalismos colmados de negros. De negro vestían los arqueros; de negro —y mangas largas— aparecían los árbitros de los vestuarios; rigurosamente negros eran los zapatos deportivos de todos ellos. El Mundial de Fútbol me ha demostrado que esa imagen idílica ya no volverá.

Empecemos por los botines. No logré ver a un solo jugador con botines negros. Ahora son provocativos y ergonómicos, tienen diseños distintos y colores atrevidos. Algunos son como botas más altas y otros —como los usados por Kun Agüero y Mario Balotelli— llegan al colmo de que el derecho sea rosa y el izquierdo celeste. Las camisetas de las selecciones son el ámbito principal de la disputa fashion. Las del Uruguay, muy ceñidas al cuerpo, causaron furor por su diseño “que ajusta moderadamente los pezones”.

Antes, el referí ajustaba su reloj, tomaba las tarjetas y el silbato y estaba listo para dar inicio al partido. Ahora, además de probar cómo le queda su vistoso uniforme de microfibra, debe hacer un minucioso checklist para comprobar si no olvida nada de la parafernalia de accesorios que debe llevar al campo: tubo de espuma en aerosol para marcar la distancia en los tiros libres; ordenador de bolsillo para anotar tarjetas, goles y sustituciones, además de micrófonos y audífonos para comunicarse con los jueces de línea y el cuarto árbitro.

Los jugadores de mi época podían ser melenudos, pero hasta en eso guardaban cierta mesura. A ningún mediocampista decente se le ocurriría afeitarse la cabeza para mostrar dibujos surrealistas o, peor aún, adoptar el estilo de un indio mohicano, como el francés Paul Pogba o el chileno Arturo Vidal. En los vestidores no se veían centrodelanteros tatuados; eso era cosa de marineros, drogadictos o gente muy rara. Hoy lo raro es ver algún jugador sin tatuajes. Algunos tienen todo su currículum sentimental y profesional grabado en cada centímetro cuadrado de su epidermis.

Por todo eso, me siento anacrónico. Sobre todo porque este fútbol de hoy es más intenso, creativo y sorpresivo que el que yo jugaba. La habilidad dejó de ser patrimonio latinoamericano y la fuerza física es compartida por todos. El fútbol ha dejado de ser un locus masculino tradicional, definido como todo lo opuesto a lo que se asocia a feminidad. Ya no hace falta despreciar el cuidado personal, expresarse homofóbicamente, ni ocultar sentimientos o emociones para ser considerado macho y buen futbolista.

Este es el mejor Mundial de fútbol de todos los que pude ver. Esa es una prueba irrebatible de que el mundo está cambiando más rápido que mis conceptos.